Una Reflexión Necesaria sobre El Abandono del Campo.
La agricultura no es solo una actividad económica, es la base de nuestra supervivencia y soberanía alimentaria. Sin embargo, observamos con preocupación cómo las promesas de campaña se desvanecen una vez que los políticos llegan al poder.
Anuncio reciente, 25 de marzo del 2025:
El actual ministro de Agricultura Angel Manero se reunió con productores de Ucayali para presentar las medidas de apoyo del sector a diversas cadenas productivas en la región, hizo entrega de semillas de arroz y maíz, también pajillas para inseminación artificial a ganaderos.

Además, esperamos que los anuncios emitidos en esta reunión se concreten y no sea una más de los programas incumplidas o corrompidas por autoridades encargadas, entre los proyectos están:
- La irrigación de Curimaná que será financiado por MIDAGRI.
- Entregas de títulos a agricultores
- Entrega de bonos de mil soles por hectárea en insumos, fertilizantes o semillas para todos los damnificados.
- Priorizado la atención para garantizar el recurso hídrico, títulos de propiedad y financiamiento. De esta manera, a través de Agrobanco se viene entregando créditos a los productores con intereses mínimos, de 3.5% al año.
- Desarrollará un programa de fortalecimiento de la cadena productiva del café, del cacao y la ejecución del plan ganadero, estrategia que permitirá mejorar la productividad, el financiamiento, la asistencia técnica, el control de plagas, la sanidad agraria.
La Verdadera Realidad del Agricultor
Mientras los discursos políticos hablan de «priorizar el campo» y «impulsar la agricultura», la realidad cotidiana del agricultor peruano cuenta una historia completamente diferente. Es la historia de madrugar antes del amanecer para trabajar bajo el sol implacable, de apostar todo a una cosecha que puede perderse por una helada, una sequía o una plaga. Es la historia de quien alimenta a la nación pero lucha cada día por alimentar a su propia familia.
El agricultor peruano vive en un constante estado de incertidumbre. No sabe si podrá vender su cosecha, a qué precio, ni si le alcanzará para cubrir los costos de producción. Invierte sus ahorros de toda la vida en semillas, fertilizantes y mano de obra, con la esperanza de que la naturaleza y el mercado sean generosos. Pero la mayoría de las veces, esa esperanza se estrella contra una realidad implacable.

Los Obstáculos Diarios para el Agricultor
Créditos inaccesibles y condiciones abusivas: Los pequeños agricultores enfrentan un sistema financiero que los discrimina sistemáticamente. Los bancos exigen garantías que no pueden ofrecer, avales que no tienen, y tasas de interés que pueden superar el 40% anual. Cuando logran acceder a un crédito, las condiciones son tan duras que terminan hipotecando su futuro. Las entidades financieras no entienden que la agricultura tiene ciclos diferentes a otros negocios, que no se puede pagar mensualmente cuando las cosechas son estacionales.
Gran parte recurren a informales prestamistas con altos intereses, ingresando a un círculo vicioso de endeudamiento. El agricultor que pidió prestado para sembrar, terminó vendiendo su cosecha a precio de remate para pagar las deudas, quedando sin capital para la siguiente campaña.

Infraestructura de vergüenza:
es terrible que en el siglo XXI tengamos fabricantes que pierdan hasta el 40% de la cosecha debido a la falta de carreteras suficientes.. Caminos rurales que se vuelven intransitables con la primera lluvia, obligando a los agricultores a cargar sus productos a lomo de bestia o a pie durante kilómetros. Hemos visto papas que se pudren en el campo porque no hay forma de sacarlas a tiempo al mercado.
Los sistemas de riego son una vergüenza nacional. Mientras países vecinos han modernizado sus sistemas, nosotros seguimos con canales de tierra que pierden el 60% del agua por filtración. Hay agricultores que luchan por turnos de agua, que riegan por las noches para evitar la evaporación, y ven morir sus cultivos por sequías que con infraestructura adecuada podrían evitarse.
Los centros de acopio y almacenamiento son prácticamente inexistentes. Los productos se amontonan en patios de tierra, expuestos a la intemperie, perdiendo calidad y valor. Sin cadena de frío, sin sistemas de conservación, sin estándares mínimos de calidad.
El drama de los intermediarios:
Esta es quizás la injusticia más cruel que vive el agricultor peruano. Trabaja durante meses, invierte sus recursos, se desvela cuidando sus cultivos, y cuando llega el momento de la cosecha, aparecen los intermediarios a imponer precios irrisorios. Dicen «es lo que es», «tómalo o déjalo». Y el agricultor, que no tiene dónde almacenar su producto, que no conoce otros mercados, que no tiene transporte, se ve obligado a aceptar precios que no cubren ni sus costos de producción.
Hemos visto casos donde el intermediario compra un saco de papas a 15 soles y lo vende en Lima a 60 soles. El agricultor recibe apenas el 25% del precio final, mientras los intermediarios se quedan con el 75% restante sin haber puesto un solo grano de semilla en la tierra.
La soledad del campo:
El agricultor peruano trabaja en el abandono más absoluto. No tiene acceso a asistencia técnica, no conoce las nuevas variedades de semillas, no sabe cómo combatir las plagas modernas. Siembra como le enseñó su abuelo, con técnicas de hace 50 años, compitiendo en un mercado globalizado con productos que llegan de países con agricultura de alta tecnología.
No tiene información sobre precios de mercado, sobre demanda de productos, sobre oportunidades de exportación. Vive desconectado del mundo, sin internet, sin acceso a la información que podría transformar su vida.
La corrupción que asfixia el desarrollo:
Una de las causas más dolorosas del atraso agrícola es la corrupción sistemática que permea todos los niveles del sector. Funcionarios que desvían recursos destinados a programas agrícolas para beneficio personal, licitaciones amañadas donde siempre ganan los mismos contratistas, proyectos de riego que se aprueban en el papel pero nunca se ejecutan porque el dinero ya fue malversado.
Los agricultores ven cómo se anuncian millonarios programas de apoyo al campo que nunca llegan a sus parcelas. Programas de distribución de semillas donde las bolsas buenos se quedan en los almacenes y las de mala calidad o vencidas llegan a los productores. Tractores que se compran a precios inflados y terminan abandonados porque no hay repuestos ni mantenimiento.
En los trámites cotidianos la corrupción también se manifiesta. Permisos que se demoran meses si no hay una «propina» de por medio, inspecciones que siempre encuentran problemas hasta que se «arregla» la situación, certificaciones que cuestan el doble porque hay que pagar comisiones a intermediarios corruptos.
El mal manejo administrativo del sector:
Pero tan grave como la corrupción es la incompetencia de quienes administran el sector agrícola. Funcionarios que nunca han puesto un pie en una chacra diseñando políticas para el campo, burócratas que no entienden la diferencia entre una campaña grande y una campaña chica tomando decisiones que afectan a miles de familias.
La rotación constante de funcionarios hace que los programas cambien cada año, sin continuidad ni seguimiento. Un agricultor que se inscribe en un programa de apoyo puede encontrarse con que al año siguiente ese programa ya no existe, o que cambió completamente de enfoque, o que el nuevo funcionario no sabe nada del anterior.
Los recursos se dispersan en cientos de pequeños programas sin coordinación entre sí, creando duplicidad de funciones y desperdicio de recursos. Una misma comunidad puede recibir visitas de cinco instituciones diferentes que ofrecen programas similares, pero ninguna con la capacidad real de generar impacto.
La burocracia es asfixiante. Formularios interminables para acceder a programas que finalmente no funcionan, requisitos que cambian cada mes, oficinas que derivan responsabilidades de una a otra sin resolver nada. El agricultor pierde días enteros en trámites que no lo llevan a ninguna parte, tiempo que podría estar invirtiendo en su parcela.
El círculo vicioso de la mediocridad:
Esta combinación de corrupción e incompetencia crea un círculo vicioso donde los buenos funcionarios se van frustrados, los corruptos se quedan y se fortalecen, y los agricultores pierden la confianza en las instituciones. Se genera una cultura de desconfianza donde el productor prefiere no participar en programas públicos porque sabe que será una pérdida de tiempo.
Los pocos funcionarios honestos y competentes que quedan en el sector se sienten impotentes ante un sistema que premia la mediocridad y castiga la eficiencia. Sugieren que las soluciones innovadoras presentadas, identifican problemas que nadie quiere resolver trabajando con presupuestos reducidos por la «falta de recursos», mientras que los gastos millonarios se confirman en asesoramiento inútil.
El Costo Humano
Detrás de cada estadística está el sufrimiento familiar. Niños que no pueden ir a la escuela porque deben ayudar en la chacra, mujeres que trabajan de sol a sol sin reconocimiento, ancianos que mueren trabajando la tierra porque no tienen pensión ni seguro social.

El agricultor peruano es un héroe anónimo que merece respeto, apoyo y oportunidades reales de desarrollo. No necesita caridad, necesita justicia. No necesita limosnas, necesita precios justos, créditos accesibles, infraestructura digna y mercados equitativos.
Las Consecuencias son Evidentes para la Agricultura
Esta negligencia no afecta solo a los agricultores, nos afecta a todos:

- Migración rural: Los jóvenes abandonan el campo en masa, buscando oportunidades en las ciudades, dejando envejecer peligrosamente al sector agrícola. Esta migración no es una elección, es una necesidad desesperada ante la falta de perspectivas reales de desarrollo en sus comunidades de origen.
Estamos presenciando el vaciamiento del campo peruano. Pueblos enteros se quedan solo con adultos mayores que ya no tienen la fuerza para trabajar la tierra de manera intensiva. Los conocimientos ancestrales sobre agricultura, las técnicas tradicionales de cultivo, los saberes sobre semillas nativas y el manejo de ecosistemas locales se están perdiendo para siempre porque no hay jóvenes dispuestos a heredar esa sabiduría.
Esta migración crea un efecto dominó devastador. Por un lado, las ciudades esta saturadas de personas que llegan sin estar preparadas para el mercado laboral urbano, creando pobreza, mucha informalidad y delincuencia. Por otro lado, el campo pierde su fuerza de trabajo más dinámica y emprendedora, quedando sin la energía necesaria para innovar y modernizarse.
La migración rural también fragmenta a las familias. Los padres cuidan sus tierras mientras sus hijos en la ciudad buscan un futuro, los abuelos criando nietos mientras los padres trabajan lejos, las comunidades pierden costumbres y cultura. Es una pérdida irreparable de identidad y cohesión social.
Más grave aún, esta migración es irreversible en muchos casos. Los jóvenes que migran difícilmente regresan, porque cuando finalmente podrían hacerlo con conocimientos y recursos, ya no encuentran un campo preparado para recibirlos. Las tierras se han deteriorado, la infraestructura ha empeorado y las oportunidades se han reducido aún más.
El campo no puede desarrollarse sin jóvenes. Necesitamos políticas urgentes que animan a permanecer en el campo: educación técnica especializada, acceso a la tecnología, préstamos blandos para medidas agrícolas que puedan emprender, conexión digital y progreso real. De lo contrario, estaremos condenando a la agricultura nacional a la extinción.
- Dependencia alimentaria: Cada vez importamos más alimentos que podríamos producir localmente. Esta es quizás la consecuencia más grave y peligrosa. Cada año que pasa, nuestro país importa más alimentos básicos que perfectamente podríamos producir en nuestro territorio. Hemos llegado a un punto crítico donde importamos arroz, trigo, maíz, carne e incluso los productos que históricamente exportamos como quinua y cacao.

Nos vuelve dependientes y extremadamente vulnerables a las crisis internacionales. Cuando hay conflictos bélicos, pandemias o crisis económicas globales, los precios de los alimentos se disparan y nosotros no tenemos alternativa. Recordemos lo que pasó durante la pandemia: escasez de productos básicos y precios inaccesibles para las familias más humildes.
Más grave aún, estamos perdiendo nuestra identidad culinaria y nutricional. Las nuevas generaciones consumen más productos procesados importados que alimentos frescos locales. Hemos convertido tierras fértiles en centros comerciales mientras compramos papas de otros países, siendo nosotros el centro de origen mundial de este tubérculo.
La dependencia alimentaria no es solo un problema económico, es una cuestión de seguridad nacional. Un país que no puede alimentar a su pueblo es un país vulnerable. Cuando dependes de otros para algo tan básico como la comida, pierdes soberanía y capacidad de decisión. Los países que controlan la producción de alimentos tienen poder sobre aquellos que solo consumen.

- Pobreza rural: Las zonas agrícolas siguen siendo las más pobres del país, perpetuando un círculo vicioso de desigualdad que se transmite de generación en generación. Mientras en las ciudades se habla de crecimiento económico y desarrollo, en el campo las familias agricultoras luchan por sobrevivir con ingresos que no alcanzan ni para cubrir sus necesidades básicas.
Esta pobreza rural tiene rostros concretos: niños que no pueden asistir a la escuela porque deben trabajar en la chacra familiar, mujeres que caminan kilómetros para conseguir agua potable, familias enteras que no tienen acceso a servicios de salud dignos. El agricultor que madruga todos los días para trabajar la tierra que alimenta a la nación, paradójicamente, es quien menos se beneficia de su propio esfuerzo.
La injusticia es clara cuando vemos que aquellos que producen los alimentos más básicos o simples son los que pueden comprar menos. Un campesino que cultiva arroz puede no tener suficiente dinero para comprar el arroz que él mismo produjo, porque los intermediarios y las grandes cadenas comerciales se quedan con la mayor parte del valor.
Esta pobreza no solo es económica, al igual que las oportunidades. Los jóvenes rurales ven limitadas sus posibilidades de educación superior, acceso a tecnología, capacitación técnica o emprendimiento. Sin una alternativas de desarrollo real a su comunidades, la migración se convierte en la única opción, despoblando el campo progresivamente y concentrando la pobreza en las ciudades.
La pobreza rural es un problema estructural que requiere soluciones integrales: desde precios justos para los productos agrícolas hasta inversión en educación, salud e infraestructura rural. No podemos seguir permitiendo que quienes nos alimentan vivan en condiciones de subsistencia.
Es Hora de Actuar
No podemos seguir permitiendo que la agricultura sea tratada como un tema de segunda categoría en los planes de gobierno. La crisis del sector agrícola no es solo un problema sectorial, es una amenaza a la estabilidad y el futuro del país. Cada día que pasa sin acciones concretas, perdemos oportunidades irreversibles y profundizamos heridas que serán cada vez más difíciles de sanar.
La transformación del campo peruano requiere una revolución en la forma de pensar y actuar de nuestros gobernantes. No necesitamos más discursos grandilocuentes en época electoral; necesitamos compromisos reales, presupuestos específicos y resultados medibles. La agricultura debe ser prioridad nacional no solo en papel sino también en la distribución de recursos y las políticas públicas.
Acciones Urgentes que Necesitamos:
Políticas públicas coherentes y sostenibles que realmente lleguen al pequeño y mediano productor. No más programas diseñados desde escritorios limeños sin conocer la realidad del campo. Necesitamos políticas construidas con la participación activa de los agricultores, que respondan a sus necesidades reales y que tengan continuidad más allá de los cambios de gobierno.
Inversión masiva en tecnología e infraestructura rural. Es lamentable que en este siglo XXI las comunidades agrícolas no tengan acceso a internet, sin caminos adecuados y sin un eficiente sistema de riego. La tecnología debe democratizarse: desde aplicaciones móviles que informen sobre precios de mercado hasta sistemas de riego por goteo accesibles para pequeños productores.
Revolución en el sistema financiero agrícola. Los bancos tradicionales han fracasado en atender al sector. Necesitamos una banca de desarrollo agrícola que entienda los ciclos productivos, que ofrezcan créditos con garantías flexibles, tasas preferenciales y seguros agrícolas que protejan las inversiones. El capital debe fluir hacia el campo, no alejarse de él.
Creación de mercados justos que garanticen precios dignos para los productores. Es necesario desarrollar plataformas digitales que conectan directamente al productor con el consumidor, eliminando intermediarios abusivos. Los mercados mayoristas deben modernizarse y regularse para evitar la especulación y el abuso.
Crear programas generacionales a nivel nacional que incentive a la juventud a quedarse en el campo. Esto incluye becas para estudios agropecuarios, programas de emprendimiento rural, acceso a tierras para jóvenes productores y reconocimiento social al trabajo agrícola. Debemos hacer del campo un lugar atractivo para vivir y trabajar.
Rescate y potenciación de la biodiversidad agrícola peruana. Somos un país megadiverso que no aprovecha su potencial. Necesitamos programas que protejan y promuevan las variedades nativas, que desarrollen mercados de productos orgánicos y que posiciona al Perú como potencia agroalimentaria mundial.
El Momento es Ahora

La historia nos juzgará por nuestra capacidad de respuesta ante esta crisis. No podemos seguir esperando a que las condiciones sean perfectas o a que aparezca el gobierno ideal. La agricultura peruana necesita un pacto nacional que trascienda colores políticos y que comprometa a todos los sectores de la sociedad.
Los consumidores también tienen responsabilidad: prefiriendo productos nacionales, valorando el trabajo del agricultor, exigiendo calidad pero pagando precios justos. Las empresas privadas deben ver en el campo no solo una oportunidad de negocio, sino un compromiso con el desarrollo nacional.
Este es el momento de demostrar que somos capaces de construir un país donde el que trabaja la tierra pueda vivir dignamente de ella, donde la agricultura sea fuente de orgullo nacional y donde el campo sea sinónimo de progreso y oportunidad.
El campo no puede esperar más promesas vacías. Es ahora quienes nos representan comprendan que sin una agricultura agresiva, no hay un país fuerte y próspero, no hay país próspero. La tierra que nos alimenta merece el mismo respeto y atención que cualquier otro sector estratégico.







